sábado, 7 de marzo de 2020

Privatizando la vida.

Manifestación durante la huelga general contra la reforma de las pensiones en Burdeos (Francia) el 16 de enero de 2020.
PATRICE CALATAYU PHOTOGRAPHIES

Pensiones: 

la última trinchera política

En Europa y América Latina las jubilaciones son las protagonistas en la batalla material y simbólica frente al neoliberalismo.
En su defensa nos jugamos algo más que una cuota de los presupuestos
Iván Olano Duque 25/02/2020




En víspera de Navidad, el ballet y la orquesta de la Ópera de París se reunieron frente al Palais Garnier y representaron extractos de El lago de los cisnes bajo inmensas pancartas de huelga. Unos días antes, los músicos de la Ópera de Lyon esperaron a que se levantara el telón para leer, frente al teatro lleno, un comunicado en apoyo a la huelga general y anunciar la anulación del concierto. Y mientras en toda Francia los trabajadores de la cultura, del sector educativo, de servicios sanitarios y de emergencia, del sistema ferroviario y de los transportes metropolitanos están en las calles, junto a los sindicatos, en la huelga más importante de los últimos veinticinco años, y se anuncian nuevas jornadas de movilización masiva, y el gobierno de Macron quema todos los cartuchos para derribar uno de los sistemas de pensiones más justos del mundo, los huelguistas en París señalan a su verdadero adversario y acaban de rebautizar el Ministerio de Economía y Finanzas como “Ministerio de lobbies financieros”.
No es sólo una disputa francesa. Podemos encontrar imágenes complementarias en el nuevo gobierno de la coalición progresista en España anunciando su primera medida, la actualización de las pensiones al IPC; o incluso en la Plaza Dignidad (antes Plaza Italia) en Santiago de Chile, llena de ciudadanos contra el fraude neoliberal –contra un sistema de pensiones privado que después de cuatro décadas sólo pensiona en promedio con un 38% del salario, 28% para las mujeres– y recibiendo el nuevo año con las canciones de Inti Illimani y Quilapayún. 
Como una bestia acorralada
Más que un decálogo de medidas económicas, el neoliberalismo es un aparato ideológico tan corrosivo y antipopular que sólo puede iniciar su marcha aceitado por la violencia, o al menos por una gran ruptura social, como la crisis de 2008. Y una vez que irrumpe en el poder, que legaliza y blinda el supremacismo del capital y la industria financiera por encima de cualquier consideración sobre los derechos y la dignidad humana, defiende su posición como una bestia acorralada. 
Es un rasgo llamativo del proyecto neoliberal: su agresividad innata. Agresividad mediática y cultural, agresividad en las ramas del poder público, agresividad en las calles con las armas a su disposición. No hay timidez ni pasos atrás, sino una permanente huida hacia adelante. 
Eso explica la escalada de la violencia policial en Francia en los últimos diez años –desde que los halcones neoliberales empezaron su avanzada– con la complicidad y el aliento de los medios de comunicación. Luego de algunos años de incredulidad y melancolía popular, la irrupción y persistencia de los Gilets jaunes se ha saldado con mutilaciones en serie y más de dos mil heridos, según el recuento del periodista David Dufresne. Y esa agresividad innata explica también que ante la huelga más importante de la historia reciente en Francia (estos días vemos la convergencia de los Gilets jaunes y los huelguistas contra la reforma a las pensiones) Macron afirme, con fingida sonrisa de asesor bancario, que seguirá con la reforma, que no podrá detenerse, y que sólo puede ofrecer esa suerte de esquirolaje generacional: aplicar las medidas “progresivamente”; es decir, que los trabajadores de hoy se contenten con salvar su pellejo y sacrifiquen a los trabajadores de mañana.
El consenso de las oligarquías latinoamericanas
La relación entre neoliberalismo y violencia es incluso más explícita en Latinoamérica. El paradigma impulsado por Thatcher y Reagan se impuso en Chile a sangre y fuego por el golpe de Estado y la dictadura de Pinochet. Desde entonces Chile ha sido la gran vitrina propagandística del neoliberalismo, pero también el cristal que permite ver su engranaje interno. Es históricamente irrefutable: en el ADN del “neoliberalismo real” están el autoritarismo, la represión y el terrorismo de Estado. 
Y las oligarquías latinoamericanas encontraron en esa máquina ideológica la expresión de todos sus deseos. Las diferencias puntuales son menos significativas que el consenso de las privatizaciones, el despido de funcionarios, la precarización del mundo del trabajo y las reformas fiscales regresivas. Y si hay que defenderlo con los tanques en las calles, pues se hace. Ahí está el ejemplo de Chile, con la brutalidad de los carabineros rememorando en la segunda década del siglo XXI los años de dictadura (un dato elocuente: Carabineros y Fuerzas Armadas tienen, a diferencia de todos los chilenos, un régimen pensional público y garantizado). Ahí están las protestas masivas contra el regreso del FMI al Ecuador y el “paquetazo” (la contrarreforma) de Lenin Moreno; ahí está el golpe de Estado evangélico y racista contra Evo Morales en Bolivia. Y ahí está la creciente movilización social en Colombia ante la desigualdad y las políticas neoliberales mientras el poder establecido –legal e ilegal– criminaliza la protesta y continúa la masacre cotidiana de líderes sociales.
Las pensiones no son sólo un negocio potencial para la industria financiera. Las pensiones públicas son un pilar del pacto social, un poderoso símbolo que delimita el sentido mismo de la convivencia
Colombia sirve para ilustrar este consenso neoliberal de las oligarquías latinoamericanas. La historia es así: en 1990, en un evento en Lima convocado por el entonces candidato presidencial Mario Vargas Llosa, Juan Manuel Santos –miembro de un linaje bicentenario de expresidentes y magnates– quedó deslumbrado ante las palabras de José Piñera, exministro de Pinochet, hermano de Sebastián Piñera y creador del sistema privado de pensiones chileno implantado una década antes. Santos regresó a Colombia con el pulso acelerado a hablarle al presidente electo César Gaviria sobre la conveniencia de copiar en Colombia el modelo chileno que –en sus propias palabras– estaba “dinamizando el mercado nacional de capitales”. Fue tal el entusiasmo de Santos, que tres meses después Piñera llegó a Bogotá, dio una conferencia pública sobre el ejemplo chileno, recibió el aplauso unánime de la prensa, la élite política y empresarial, y luego se encerró durante cinco horas con el nuevo presidente y su equipo económico. Era justo lo que estaban buscando. Tres años después, y junto a una batería de medidas neoliberales, se aprobó la Ley 100 que liberalizó el modelo de sanidad y pensional en Colombia. Su ponente principal fue el entonces senador Álvaro Uribe Vélez.
Así, la privatización parcial de las pensiones que se realizó en Colombia hace veinticinco años –que hoy también colapsa puesto que anuló un derecho y convirtió la seguridad social en una ficha más en la ruleta del sector financiero– tiene la sangre de Pinochet, sus gurús neoliberales, y de los principales voceros políticos de las dos facciones del poder establecido en Colombia: la oligarquía centralista y financiera, y la oligarquía periférica y de carácter feudal, aliados desde entonces en un fundamentalismo neoliberal que, podemos afirmar, ha causado más muertos que el conflicto armado. 
Derrumbando mitos
Con la explosión del descontento popular chileno frente al neoliberalismo las redacciones de los grandes medios se pusieron en alerta. El “gran ejemplo”, el horizonte de acción neoliberal, el mito repetido hasta el hartazgo por los gurús de las privatizaciones se estaba derrumbando. ¿Cómo seguir con la cantinela del milagro chileno mientras las multitudes ocupaban las plazas contra el endeudamiento masivo, la concentración de la riqueza, el poder político de las élites, el alza de tarifas en los servicios públicos y un sistema pensional de ahorro individual obligatorio que –para volver al eufemismo tecnocrático de Santos– sólo sirve para dinamizar el mercado nacional de capitales? El argumentario de emergencia causó risa: infiltrados bolivarianos, complot del Kremlin, una súbita e injustificada histeria colectiva. En un audio filtrado, Cecilia Morel, esposa del presidente Sebastián Piñera (la nostalgia monárquica de distintos países aún dice “primera dama”), ilustró bien la burbuja clasista y racista en la que viven las oligarquías latinoamericanas: con tono de alarma y sincera incredulidad dijo que las protestas en Chile eran “como una invasión alienígena”.
Pero en lugar de cuestionar las causas del descontento popular y meter en cuarentena las tesis de los Chicago Boys, el ejército mediático y político del neoliberalismo huye hacia adelante. Y en su huida –su avanzada– el gran objetivo son los sistemas públicos de pensiones que aún sobreviven. ¿Por qué? La hipótesis es esta: las pensiones no son sólo un inmenso botín, un negocio potencial y muy lucrativo para la industria financiera. Las pensiones públicas son también, por definición, un pilar del pacto social en un proyecto democrático, un poderoso símbolo que delimita el sentido mismo de la convivencia, la última y más importante trinchera política en defensa de algo incluso más importante que un futuro digno: un presente compartido. 
De senectute politica
El helenista español Pedro Olalla ha escrito una apasionada reflexión sobre la vejez: De senectute politica. Carta sin respuesta a Cicerón (Acantilado, 2018). Con amplias referencias a la Antigüedad griega y romana, con la mirada puesta en las sociedades actuales y la usurpación del proyecto democrático –de la palabra democracia–, Olalla entabla una conversación con Marco Tulio Cicerón y su obra Cato Maior de senectute, una de las más antiguas y notables defensas de la vejez como un capítulo valioso de la experiencia humana. Entonces, tal como ahora, abundaban los elogios a la juventud. Pero Cicerón, acaso para consolarse, sintiendo la doble vulnerabilidad de su edad y posición social, vio la necesidad de escribir una obra –en palabras de Olalla– “no porque la vejez sea buena”, sino “para que la vejez sea buena”. 
Siguiendo, pues, a Cicerón, Olalla nos alerta contra el prejuicio y la estigmatización, cómo ese error habitual de atribuir una serie de vicios de la personalidad a la vejez (que vuelve a la gente huraña, irascible, retrógrada), cuando en realidad son defectos de algunas personas, un carácter que siempre han traído consigo. Cuestiona, también, los descalificativos habituales a quienes, después de determinada edad, no renuncian al erotismo, como si se tratara de algo indigno para sus años y que debieron haber superado hace tiempo, cuando lo realmente indigno es negarles a otros –negarnos a nosotros mismos– “una de las más profundas y complejas pulsiones de la vida”. Y con el tono cálido de quien le escribe a un amigo nos dice que la virtud no riñe con la edad, que es justo distinguir senectud de decrepitud y que “envejecer bien no es, en el fondo, un acto de renuncia, sino de voluntad”.
Por todos lados encontramos las mil y una variaciones del mismo mensaje: que el envejecimiento es una calamidad personal y la vejez es una calamidad social
De manera que lo realmente nocivo es todo prejuicio sobre la vejez, toda condena anquilosada en el imaginario colectivo, no sólo porque deslegitima a buena parte de la población e impulsa su exclusión, sino porque nos cierra las puertas a vivir ese periodo, esa tercera edad, como un desafío digno y lleno de posibilidades. Y si envejecer bien nos compete a todos, tal cosa es absurda si la entendemos como un ejercicio individual, y no como lo que realmente es: un empeño compartido. Dice Olalla:
Tú has dejado claro en tu obra, al hablarnos de que las dificultades de la vejez no provienen tanto de la edad como del carácter y de la actitud vital de las personas, que envejecer es, en un alto grado, un empeño ético; y yo deseo ahora que reflexionemos sobre si el hecho de que nuestra sociedad esté o no organizada y facultada para posibilitar ese empeño no hace del envejecer, también, un propósito político. 
Una población sin autoestima
Si el desprecio a la vejez y su confusión con la decrepitud era ya un lugar común hace dos mil años, hoy es, además, peligroso, porque refuerza la lógica antihumanista del capital. Cuando nos dicen que aquel que no es productivo es una carga para la sociedad, cuando repiten el sofisma de que la curva demográfica –la proporción de viejos en la población– es una amenaza para la economía, cuando se tolera que después de décadas de contribuir y existir en sociedad haya ancianos en la precariedad o al filo de la miseria en realidad nos dicen que ya hay otra lógica, otro criterio rigiendo la sociedad, y que el centro de la cuestión ya no es ni será la dignidad humana.
Por eso, porque refuerza la lógica del capital, es que su mismo aparato ideológico impulsa la exclusión, la condena, la estigmatización cultural de la vejez. Por todos lados encontramos las mil y una variaciones del mismo mensaje: que el envejecimiento es una calamidad personal y la vejez es una calamidad social. La consecuencia es un creciente desprecio a la vida, y con ello no sólo están dinamitando las bases de la convivencia, sino ante todo la capacidad de acción colectiva.
Por eso buscan derribar los sistemas públicos de pensiones, el andamiaje institucional que contribuye a garantizar las condiciones materiales de una vejez digna. Y por eso me parece tan pertinente el libro de Pedro Olalla. Hay que decirlo aunque suene obvio: la batalla institucional es un reflejo focalizado de la batalla cultural. Y el afán neoliberal por destruir cualquier proyecto de dignidad y justicia para los ciudadanos de mayor edad no es otra cosa que un esfuerzo por someter al conjunto de la sociedad. Olalla se refiere acá a la población mayor, pero sigue siendo cierto cuando se aplica a todas las edades: 
Nada conviene más a un orden egoísta como el que hoy rige el mundo (...) que una población sin autoestima, con consciencia de culpa y dispuesta a aceptar, como algo inevitable, el trato deficiente que recibe. 
Pero ¿a qué edad somos viejos? 
Casi al principio de su libro, Pedro Olalla cuenta que varios pensadores griegos dividían la vida humana en tramos de siete años –el número sagrado de Apolo–, y que “el punto más crítico del tránsito entre ellos es el cierre de noveno tramo, que por eso conocen como gran climaterio”. Era una generalización numérica forjada más por la estética que por la biología, pero no deja de ser curioso que ese umbral –nueve veces siete– sea más o menos el mismo que establecemos en las sociedades de hoy para señalar, si no la vejez, al menos el término razonable de la vida laboral: los sesenta y tres años. 
Pero los tiempos humanos son mucho más complejos. No es el número de vueltas alrededor del sol, sino una larga serie de circunstancias personales y sobre todo sociales las que determinan el inicio de la vejez, la pérdida progresiva de determinadas facultades, la entrada a un nuevo capítulo en el pacto social. Por tanto, el término razonable de la vida laboral no puede ser el mismo para todos.
Un sistema de pensiones que no establezca distintas edades de jubilación con relación al oficio (su riesgo, sus condiciones, sus exigencias físicas y mentales) es, de entrada, un sistema injusto. Eso es lo que desea implementar Macron en Francia: en lugar de los cuarenta y dos regímenes distintos del sistema pensional actual –resultado de luchas sociales y de consensos históricos– y que incentivan la movilidad social –pues tienen en cuenta, tanto en el sector público como privado, los mejores años laborales– el proyecto de reforma a las pensiones establece un único sistema por puntos que iguala por lo bajo, acaba con todo espíritu de justicia, toda condición específica y, con un tramposo discurso de igualdad, está diseñado para disminuir las cotizaciones sociales de las grandes empresas y aumentar sus beneficios mientras apunta a normalizar la incertidumbre y la precariedad en el mundo del trabajo. 
La longevidad está determinada por la clase, lo que implica que la mayoría de los trabajadores no vivirá tanto como quienes perciben rentas más altas
Buena parte de sus argumentos son un lugar común en muchos países. Buscan uniformizar la edad de pensión, pero también aumentarla, y para ello se basan en falacias e interpretaciones amañadas de la estadística, como el aumento de la esperanza de vida. Lo explica bien el profesor Vicenç Navarro: el aumento de la esperanza de vida no significa que los viejos vivan más, sino que los jóvenes y niños mueren menos (Catón el Viejo, el político del siglo II a.C. que Cicerón elige como personaje para su diálogo, vivió hasta los ochenta y cinco años). También ignoran, a propósito, que la longevidad está determinada por la clase, lo que implica que la mayoría de los trabajadores no vivirá tanto como quienes perciben rentas más altas, y que, en los regímenes pensionales financiados por las cotizaciones del trabajo, el problema no es el envejecimiento de la población (el aumento del número de pensionistas) sino la precarización del mundo del trabajo que, desde luego, ellos mismos impulsan. 
Pero, en todo caso, el debate económico es posterior y menos determinante que el debate ético y político. Si no podemos vivir con dignidad los últimos años de nuestra vida, ¿entonces cuándo? Si la riqueza acumulada no sirve para garantizar un bienestar mínimo a la población de mayor edad, entonces ¿para qué la riqueza? ¿Qué sentido tiene la convivencia? Y, sobre todo: ¿quiénes son los voceros de la supuesta insostenibilidad de las pensiones públicas y qué garantías de bienestar material tienen ellos en su propio futuro? La violencia evidente del libreto neoliberal, su brutalidad, su desprecio a lo humano no debe hacernos caer en el error de asimilarlo a algo impersonal, una suerte de virus que nos condena a todos por igual. No: detrás hay gente calculando beneficios, una clase, nombres propios. 
La biografía colectiva
Envejecer bien, envejecer con dignidad es, en cualquier sociedad, un proyecto al mismo tiempo individual y compartido. Nos compete y depende de todos. Y si hay un alto propósito político es aspirar a este buen envejecimiento, a ese diálogo con las transformaciones del cuerpo y la consciencia, pero también suscribir y fortalecer un pacto social que lo permita, lo estimule y sepa aprovechar sus frutos. En últimas, esto no se trata de cuidar más a determinado rango de edades, sino de reconocer su potencial –su conocimiento acumulado, su nueva relación con el tiempo– para contribuir al bienestar común. Y en esa búsqueda de un buen envejecimiento y una buena relación con la vejez nos enriquecemos todos. Lo dice mejor Pedro Olalla:
Pues se me figura, Marco, que no basta para una buena vida ser buen autor de la biografía propia, sino también ser coautor, y bueno, de la biografía colectiva.
Por todo esto, las pensiones son protagonistas en la batalla material y simbólica frente al neoliberalismo. No es fortuito que en las movilizaciones sociales de los últimos años en España nadie haya estado tan organizado y determinado como los pensionistas. No es poco significativo que la gran vitrina propagandística del neoliberalismo haya sido inaugurada por una dictadura sangrienta, y que el pueblo chileno esté hoy en las calles, determinado contra la violencia económica que se parapeta en la violencia política, mientras la gran prensa se desespera por ocultar el desmoronamiento de un mito. Y no es un dato menor que las movilizaciones más importantes en Francia de los últimos veinticinco años (y que aún pueden seguir creciendo, transformarse, expresar un malestar más amplio) sean, precisamente, contra la voracidad de la industria financiera y contra el cinismo de sus portavoces que salen a decir, con fingida sonrisa, que no hay riqueza suficiente, que llegó la hora de aceptar la obsolescencia programada de seres humanos, que los derechos sociales son cosa del pasado y que las injusticias de toda una vida ya no tendrán siquiera el consuelo de una vejez serena.
En la defensa de los sistemas públicos de pensiones nos jugamos algo más que una cuota de los presupuestos: hablamos de la consciencia de nuestra propia vida; de la resistencia vital a un modelo depredador, que normaliza el egoísmo y nos empuja al abismo; hablamos de nuestra integridad ética y política.
__________________
Iván Olano Duque es escritor. Premio de ensayo “Miguel de Unamuno” por su libro El sueño de la especie. Siete ensayos al borde del abismo (Devenir, 2019).

https://ctxt.es/es/20200203/Politica/30875/pensiones-neoliberalismo-francia-pedro-olalla-ivan-olano-duque.htm

jueves, 21 de noviembre de 2019


De los Trabajadores y sus aportes


Toda la riqueza que se ha producido y se produce en el planeta es fruto de la tarea de los trabajadores.

De toda esa riqueza producida, un pequeña parte retorna a los trabajadores en forma de salario; el resto se lo apropian los patrones, ya sean privados, el propio Estado o los dos asociados.

En el régimen de esclavitud, el patrón otorgaba (otorga, pero es otro tema) al esclavo el lugar para vivir y la alimentación necesaria para reponer la fuerza de trabajo y trabajar al día siguiente. Con la “libertad” del esclavo y su transformación en asalariado, el patrón ahora le otorga un salario con el cual el trabajador debe solventar su vivienda, su alimentación y de su familia y demás necesidades. En la enorme mayoría de los casos ese salario es notoriamente insuficiente para cubrir esos gastos elementales.

La Seguridad Social surgió a través de la historia como la forma de atemperar o dar cobertura a los trabajadores cuando éstos se ven impedidos de trabajar por causa de accidentes, enfermedad, gravidez y por tanto dejan de percibir su salario. Luego el concepto se fue ampliando a otras contingencias y necesidades e incluso deberían ser incluidos en la Seguridad Social, todos los derechos básicos cuya cobertura es imposible con un salario estándar, como la vivienda, la salud, la Emergencia Móvil, la cobertura fúnebre y otros.

Dice el Artículo 67 de nuestra Constitución: “ … Las prestaciones previstas en el inciso anterior se financiarán sobre la base de:

A) Contribuciones obreras y patronales y demás tributos establecidos por ley. Dichos recursos no podrán ser afectados a fines ajenos a los precedentemente mencionados;
y
B) La asistencia financiera que deberá proporcionar el Estado, si fuere necesario.”

En nuestro caso, la salud está cubierta por un seguro, el FONASA, cuya cobertura se sostiene con un aporte obligatorio diferenciado (8% en el caso de un matrimonio con un hijo), que se suma al Montepío o aporte para las jubilaciones y pensiones (15%) a lo que hay que agregar seguros no obligatorios pero igualmente imprescindibles (y que NO SON baratos, aunque su costo particular si no se tiene la cobertura y se tiene la desgracia de necesitarlo es PROHIBITIVO) como la Asistencia Móvil en Emergencias, los servicios de acompañantes y cuidados y la cobertura fúnebre.

Estos seguros privados contratados tienen también la característica de no tener una cuota proporcional al ingreso sino un costo fijo, lo que implica que su incidencia en los salarios es inversamente proporcional al monto de los mismos: a menor salario, mayor es el porcentaje que se destina al pago de los mismos. Porque estos servicios, si bien no se incluyen en la Seguridad Social que tenemos, cubren contingencias reales de la vida que deberían estar cubiertas por ella, y al no estarlo por tanto requieren de la contratación de seguros particulares que se suman al presupuesto familiar. Seguros sociales que, además, lógicamente se encarecen más por el jugoso lucro de los empresarios privados incluido en su precio.

En algunos países (por ejemplo: en Inglaterra hace más de 50 años) está incluida la cobertura fúnebre en la Seguridad Social.

A todo ello hay que sumar el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas (IRPF) para todos aquellos trabajadores que superen los $29.078.-, salario bastante bajo cuyo monto representa la tercera parte del costo de una canasta familiar ($ 86.140.-, según Búsqueda, valor julio de 2019).

De modo que a ese trabajador que produce TODA la riqueza y que se le devuelve una pequeña parte de ella en forma de salario, debe hacer frente a la enorme mayoría del costo de su propia Seguridad Social, mientras que a las patronales que se quedan con la mayor parte de fruto del trabajo, se les han rebajado los aportes al 7,5% (anteriormente eran aportes iguales de patrones y empleados) o directamente se las ha exonerado.

Como hemos visto, además de los aportes para BPS y Salud que vienen descontados del salario del trabajador, éste debe hacer frente al pago de otros seguros inevitables, por lo que entre los descuentos y los seguros pagos de su bolsillo vienen a resultar en un gasto en Seguridad Social total cercano al 30% de su menguado salario, siendo además este porcentaje progresivamente mayor, cuanto más chico es el salario percibido.

Por todo lo antedicho y ante los adelantos sobre algunas medidas a tomar en una próxima reforma de la Seguridad Social, entre las que se repiten con más asiduidad el aumento de la edad mínima de jubilación (tema para otro articulo) y el aumento del porcentaje de los aportes de los trabajadores, nos parece verdaderamente perverso, de una iniquidad sin parangón, sugerir siquiera el aumento de los aportes obreros a la SS SS, puesto que no sólo humanamente no resisten más carga, sino que debería estudiarse la forma de reducir sus aportes actuales o incluir en las prestaciones del BPS coberturas contra contingencias como las que mencionábamos, en un marco de permanente aumento del Producto Bruto Interno Anual, del cual se hace tanta alharaca y propaganda y que es en definitiva fruto del esfuerzo de esos mismos trabajadores.

Es hora de que se pongan a aportar quienes hasta ahora se han beneficiado directamente del sacrificio de los trabajadores y es hora de que los trabajadores tengan un respiro.
Porque hay otras formas de financiamiento,

¡¡¡ NO AL AUMENTO DE APORTES DE LOS TRABAJADORES A LA SEGURIDAD SOCIAL !!!
¡¡¡ QUE COMIENCEN A PAGAR QUIENES TIENEN MÁS !!!

Nelson San Martín

Ponencia de Paloma Navas | FPAJ 2018 | "ENVEJECIMIENTO AE-FECTIVO"

miércoles, 2 de octubre de 2019

Del envejecimiento y la edad mínima jubilatoria





Se habla mucho de la “esperanza de vida” creciente como causa del creciente déficit del BPS y como justificación de un “inevitable” aumento de la edad mínima para jubilarse.

Hay una falsa percepción (no dicha explícitamente, pero tampoco aclarada pues es funcional a las políticas imperantes) de que la vida se ha “estirado”, que las etapas de la vida advienen más tarde (se madura “más tarde”, la vitalidad y las fuerzas declinan “más tarde” y la ancianidad y la muerte ocurren “más tarde”). Es generalizada la idea de que en la antigüedad el hombre a los 40 o 45 años era ”un anciano”; incluso es habitual escuchar que Jesús al ser ejecutado (33 años aprox.) era ya un “hombre mayor”. Nada más alejado de la realidad.

La esperanza de vida es una estadística y su aumento está explicado por la disminución de la mortandad en la infancia o en edades tempranas. Se utiliza generalmente como un indicador del grado de desarrollo humano de un país o región.

Como resultado de una drástica disminución de la mortalidad infantil , de la aplicación de políticas preventivas de los accidentes viales y los enormes avances en la medicina , la vida media de la población ha experimentado un incremento sustancial, sobre todo a partir de mediados del siglo XX y ello se refleja en un ascenso notorio de la esperanza de vida, que ha subido 10 puntos en el Uruguay desde 1960, en que el índice marcaba 67 años de esperanza de vida al nacer, hasta 2017 en que el mismo indicador marca 77 años (74 para los hombres, 81 para las mujeres).

Para entender mejor esto, haremos un muy breve recorrido por la Historia Humana para ver la evolución de la “esperanza de vida”

En los últimos 100 000 años, la evolución biológica del Homo Sapiens ha sido mínima, casi nula por lo que ya en aquella época tenía la potencialidad de vivir 90 o 100 años. Ocurre que muy pocos lograban alcanzar esas edades por razones como la mala alimentación, la exposición a situaciones climáticas adversas y desastres naturales, infecciones, epidemias y ataques de los depredadores entre seguramente otras. Vivían en permanentes condiciones extremas, deambulando de un lado a otro cazando o recolectando frutos, en grupos pequeños de una o dos familias. Lo normal era que sólo los más inteligentes y los más fuertes sobrevivían la infancia y muy pocos superaban los 15 años. Por cierto entre quienes llegaban a esa edad tendrían la destreza y la fuerza adquirida para sobrevivir hasta los 45 o 50 años… Pero al llegar a esas edades la fuerza empezaba a declinar, dejaban de ser aptos para enfrentar esa dura vida y comenzaban a morir. Pero lejos estaban aún de llegar a la vejez. Morían JÓVENES.

Posteriormente, a partir de hace (más o menos) unos 10 000 años, los humanos van dejando la vida nómade, se establecen en asentamientos permanentes y comienzan a cultivar la tierra o se dedican al pastoreo de ganado dedicándose a la transhumancia, en un proceso que se llama la ”Revolución Neolítica”. Tras el descubrimiento de que un área cultivada producía mil veces más alimento que la misma área de bosque nativo, el proceso se aceleró y de aldeas de 200 habitantes, se pasó a pueblos de 2000 hab. y de allí a ciudades de 50 000 hab. en un período de apenas tres o cuatro mil años, dando lugar a las primeras civilizaciones.

Sin embargo, fueron tiempos muy difíciles y las grandes concentraciones, el hacinamiento, la falta de higiene aceptable, la falta de saneamiento y la acumulación de basura crearon un nuevo enemigo peor que los depredadores naturales: las enfermedades contagiosas. Epidemias de gripe, viruela, neumonía, tuberculosis, cólera, sarampión, tifus, poliomielitis reducían a menos de la mitad la población infantil de cada generación antes de alcanzar la edad de reproducción (además de los adultos). A lo que hay que agregar una mayor complejización de la organización social, la estratificación por castas o clases mediante la imposición de los más fuertes, condenando a masas de campesinos, plebeyos y esclavos a sobrevivir con una dieta basada en cereales, muy pobre en proteínas, vitaminas y fibra, con las consecuencias imaginables.

Algunas estimaciones realizadas indican que una mujer debía tener promedialmente 5 hijos sólo para mantener el nivel poblacional, pues 3 de ellos seguramente morirían antes de llegar a la edad de reproducción. A lo que debemos agregar todavía el riesgo creciente de morir durante un parto. Por todo ello sumado, la esperanza de vida cayó a niveles incluso inferiores al antedicho del Paleolítico y se mantuvo muy bajo por muchos siglos hasta el siglo XIX.

Recién con la Revolución Industrial, con la construcción de alcantarillas, la potabilización del agua, una mejor comprensión de las causas y la trasmisión de las enfermedades y mejoras en la higiene como un simple lavado de manos, comienza a registrarse un aumento de la esperanza de vida.
Pero es en el siglo XX cuando se da un salto cualitativo con la irrupción de los antibióticos, las vacunas, las políticas de prevención y otros avances. Durante el siglo XX la mortalidad infantil cayó de un 20 % a comienzos del siglo a menos del 1 % a comienzos del siglo XXI en los países desarrollados (en Uruguay en la actualidad es de 0,67 por cada 100 nacidos vivos).

Actualmente, la esperanza de vida en Uruguay es de más de 77 años (2016). En comparación con los 48 años de comienzos del siglo XX (tasa alta para la época, superior a la de los países europeos), se trata de una verdadera revolución, es una mejora tremenda, pero se debe fundamentalmente, como hemos visto, a la enorme baja de la mortalidad infantil y juvenil y mucho menos a una extensión de la longevidad, que si bien es real es muy lenta y se debe también a los adelantos en medicina, que suponen la cronificación de enfermedades antes mortíferas como el cáncer, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares, con tratamientos que permiten una sobrevivencia mayor en condiciones aceptables. Es aquí donde queda evidente que esas mejoras logradas en la calidad de vida de los ancianos son para mayor disfrute en sus últimos años y dedicación al ocio creativo y nunca pretexto para explotarlos más.

Desde el punto de vista fisiológico, por otra parte, las condiciones del envejecimiento humano no han variado en milenios. Ya está definido por la ciencia que el cuerpo humano completa su desarrollo y alcanza su plenitud alrededor de los 25 años. Entre los 26 y los 30 años comienza efectivamente el proceso de envejecimiento, aunque por unos cuantos años más será imperceptible. Recién después de los 40 o 45 se empiezan a notar incipientemente algunos signos y comienza a acelerarse el proceso y desde los 60 ya la fuerza y la resistencia han declinado y los esfuerzos para realizar las mismas tareas se hacen paulatinamente más pesados.

Pretender que las personas trabajen más allá de los 60 años supone someterlos a un esfuerzo creciente y configura una recarga extra cruel e inhumana.

El “viejo” debe recuperar el lugar que siempre tuvo en la comunidad, de dignidad, de respeto y reconocimiento social, aportador por excelencia de consejo y experiencia y dedicado plenamente al ocio activo y creativo; es una perversión considerarlo como objeto de explotación.

En economías en permanente crecimiento (crecimiento de la riqueza producida) con un aumento exponencial de los niveles de producción debido a la revolución tecnológica, con la robotización y los sistemas automáticos modernos se debería estar pensando en el alivio del trabajo, en la reducción de la jornada laboral, en el adelanto del retiro, en lugar de incrementarlos. Incluso con los niveles de desocupación crónicos y crecientes es contradictorio (y doblemente cruel) demorar el retiro del trabajador y por tanto demorar la creación de una vacante para llenar por un desocupado.

El aumento de la edad de retiro es una “receta” más de organismos como el Banco Mundial, para reducir los gastos en Seguridad Social y buscar de ese modo abatir los “déficits fiscales” sin tocar con gravámenes al gran capital. Así de sencillo.

Es imprescindible estar preparados y resistir estos avances neoliberales que solo llevarán a mayor pobreza. El Movimiento de Defensa de los Jubilados (MoDeJu) -lista 3060 - Unidad Popular es la única organización política que denuncia estos planes y convoca a preocuparse por estos temas y a organizarse para enfrentarlos cuanto antes.


No al aumento de la edad jubilatoria.


Aumento sustancial de las jubilaciones y pensiones más sumergidas.


Aguinaldo para jubilados y pensionistas.


Derogación de las Afaps (superávit U$S 1200 millones) y pasaje de los fondos al BPS
(déficit U$S 600 millones) para revertir su déficit.


No a la exoneración de aportes patronales

¡¡Que paguen más los que tienen más!!


Nelson San Martín

Referencias:
https://www.bps.gub.uy/bps/file/6826/1/07_esperanza_vida_uy_siglos_xix_xx_xxi.pdf

https://elimperiodedes.wordpress.com/2013/03/18/la-esperanza-de-vida-a-lo-largo-de-la-historia-humana/


Movimiento de Defensa de los Jubilados - MoDeJu
LISTA 3060 – Unidad Popular.

martes, 1 de mayo de 2018

1º de mayo 

Salud,trabajadores del mundo!!!




 
"... Cuando todos los títulos aristocráticos, fundados en superioridades ficticias y caducas hayan volado en polvo vano, sólo quedará entre los hombres un título de superioridad, o de igualdad aristocrática, y ese título será el de obrero. Ésta es una aristocracia imprescriptible, porque el obrero es, por definición, "el hombre que trabaja", es decir, la única especie de hombre que merece vivir. Quien de alguna manera no es obrero debe eliminarse, o ser eliminado, de la mesa del mundo; debe dejar la luz del sol y el aliento del aire y el jugo de la tierra, para que gocen de ellos los que trabajan y producen: ya los que desenvuelven los dones del vellón, de la espiga o de la veta; ya los que cuecen, con el fuego tenaz del pensamiento, el pan que nutre y fortifica las almas. " 

José Enrique Rodó.

(Palabras finales del discurso pronunciado en el acto de inauguración del "Círculo de la Prensa" de Montevideo, el 14 de abril de 1909.)



lunes, 12 de junio de 2017

Migrantes

La balsa de la Medusa


David Torres


·         Hablar de los héroes y no de las víctimas, hablar del coraje admirable de voluntarios y marinos, es una admirable manera de no hablar de los muertos.
    En el cuadro La ‘Balsa de la Medusa’ conviven los vivos y los muertos, la esperanza y la desesperación, las olas encrespadas y las nubes. 
    Sin saberlo, quizá sin sospecharlo, Théodore Géricault también había pintado el futuro, las hecatombes de África y la vergüenza de Europa.



‘La Balsa de la Medusa’, 1819, oleo sobre lienzo de Théodore Géricault (Museo del Louvre, París). / Wikipedia



Hay muchas maneras de hablar del último naufragio frente a las costas de Libia, pero la mejor manera de hacerlo es no hablar, es hablar de otra cosa. Decir, por ejemplo, como ha hecho la mayoría de periódicos e informativos, que se trata de una de las mayores operaciones de rescate marítimo en el Mediterráneo, con más de catorce embarcaciones implicadas, entre ellas una fragata española, y más de 2.300 vidas salvadas. Por desgracia, no se trata de una cifra excepcional: la semana pasada casi 2.900 migrantes fueron rescatados por guardacostas italianos y libios tras el naufragio de más de una docena de lanchas neumáticas.

Hablar de los héroes y no de las víctimas, hablar del coraje admirable de voluntarios y marinos, es una admirable manera de no hablar de los muertos. Un escamoteo literario semejante al de nombrar a Libia en lugar de nombrar a Italia, a Francia y a España, la metonimia fantástica de señalar al Mediterráneo en lugar de señalar a Europa, la ventaja de decir simplemente “Libia” en lugar de ponerse a explicar el derrocamiento de Gadafi, promovido desde Occidente por Obama y Sarkozy, y la interminable guerra civil que ha provocado docenas de miles de muertos y cientos de miles de desplazados. Enumerar las pateras, las lanchas y las barquichuelas en vez de enumerar los mercados, las plazas donde hoy, ahora mismo, en la segunda década del siglo XXI, se están vendiendo esclavos humanos. Subrayar el color de la piel, el desastre de origen, las diversas catástrofes circunstanciales, los adjetivos bélicos, geográficos, médicos y forenses.

En junio de 1818 Théodore Géricault se afeitó la cabeza y se encerró en su estudio durante más de un año para enfrentarse a uno de los mayores empeños de la historia del arte, un lienzo monumental, de cinco metros por siete, comparable a los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, a los Fusilamientos del Dos de Mayo de Goya o al Guernica de Picasso. Géricault se inspiró en la tragedia de La Medusa, una fragata francesa guiada por un capitán incompetente que embarrancó contra el arrecife de Anguin, frente a la costa de Mauritania. Las tormentas, el hambre, la sed y la brutal lucha por la supervivencia provocaron una verdadera matanza entre los supervivientes que al final desembocó en un verdadero terremoto político. En la pintura conviven los vivos y los muertos, la esperanza y la desesperación, las olas encrespadas y las nubes oscuras, el aullido del viento y la fragilidad del horizonte. El cuadro le proporcionó fama y fortuna, pero en el lecho de muerte, cuando alguien le mencionó aquel lienzo que había cambiado el rumbo de la pintura occidental, Géricault dijo con desdén: “Bah, una viñeta”.

Sin saberlo, quizá sin sospecharlo, también había pintado el futuro, las hecatombes de África y la vergüenza de Europa, los blancos y los negros juntos en el mismo barco, los cuerpos musculosos que delatan la supervivencia del más fuerte, los cadáveres con que se alimentaron los náufragos durante la travesía, la carne que comieron, la sangre que bebieron. Salvo el hombre angustiado que se gira un momento hacia sus compañeros y el anciano que sujeta a uno de los muertos con la mirada perdida, todos los demás personajes están de espaldas al público, de espaldas a la historia, a los horrores que han dejado atrás, al hambre, a la guerra, al canibalismo, a esa orgía de espanto y destrucción que llamamos progreso. La Medusa es también el monstruo mitológico cuya mirada convierte al espectador en piedra. Somos nosotros, nuestros padres, nuestros hijos y nuestros nietos, quienes viajamos a bordo de esa lancha, es la humanidad entera la que está llamando a gritos desde la balsa de La Medusa.




lunes, 5 de junio de 2017

Juan Goytisolo

El escritor español Juan Goytisolo ha muerto ayer en Marrakech a los 86 años.







Discurso íntegro de Juan Goytisolo, Premio Cervantes 2014, al recoger el galardón en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, el 23 de abril de 2015. 


A la llana y sin rodeos.

"En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción.
El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.
A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, "ser noticia", como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas.
La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza.
Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.
"Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria", escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor.
Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.
Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera.
Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición! Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina.
Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía.
Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.
En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel?
¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?
Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que "reine la verdad y desaparezcan las sombras", obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen.
Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, "duermo en el silencio del olvido": ese "poetón ya viejo" (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.
Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa "exquisita mierda de la gloria" de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo.
El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.
Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, "deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables" e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.
Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.
El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo.
No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino.
Su conciencia del tiempo "devorador y consumidor de las cosas" del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito.
Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote.
Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia."