"El presente del pasado es la Memoria, el presente del presente es la Acción , y el presente del futuro es la Imaginación. Si cruzáramos estos tres elementos podemos hacer el futuro. Porque el futuro no es lo que va a ocurrir, pero si lo que seamos capaces de construir." San Agustín, “Confesiones”. Libro XI.
sábado, 4 de abril de 2015
sábado, 21 de marzo de 2015
Suicidio, locura y felicidad en el mundo de hoy
Rebelión
Resulta peliagudo y sobrecogedor sentirlo de verdad en propia carne pero la fría estadística así lo refrenda: cada 40 segundos una persona se suicida en el mundo.
Sigamos con datos escalofriantes. Un tratamiento de hepatitis C con sofosbuvir ronda los 75.000 euros cuando su coste estimado de producción oscila entre 65 y 130. Por otra parte, asegura la OMS que en el mundo sobreviven con el estigma de la enfermedad mental unos 500 millones de personas, mientras la omnipotente industria farmacéutica factura al año en términos globales más de un billón de dólares, entre 770.000 y 850.000 millones de euros, únicamente superada por la venta de armas y el narcotráfico.
¿Alguien puede hablar con rigor de felicidad en un escenario tan truculento? Según el último índice publicado de Planeta Feliz, correspondiente a 2012, en algunos países la felicidad parece un asunto endémico o genético aunque a simple vista dé la sensación de lo contrario. Estos son los diez países donde la gente manifiesta una percepción subjetiva más dichosa y placentera: Costa Rica, Vietnam, Belice, El Salvador, Jamaica, Panamá, Nicaragua, Venezuela y Guatemala. Curiosos impenitentes o morbosos sociales busquen a Cuba en el puesto 12 y a España en el 62. ¿Estados Unidos? Más allá del 100.
¿Y qué son en última instancia el suicidio, la locura y la felicidad? Difícil por no decir imposible reducir a definiciones inalterables o dar categóricamente diagnósticos exactos de conceptos tan resbaladizos. La felicidad bien pudiera ser un equilibrio o armonía psicosocial solo accesible a una percepción personal del hecho en sí. Con la locura entramos de lleno en un enigma jamás resuelto: es loco todo lo que la política, con la anuencia de la psiquiatría, sanciona como fuera de lo normal o cuerdo, vasto territorio que mezcla tanto hechos probados como prejuicios e interpretaciones ideológicas de muy diversa naturaleza. Locura bien pudiera ser en sus manifestaciones primerizas o de inicio una respuesta psicosomática ante las desventuras o contrariedades de la vida, una especie de espera táctica antes del adiós definitivo.
El suicidio: tabú y filosofía
Y llegamos al suicidio, predio especial y aparte, el tabú social por antonomasia. Sin embargo, el escritor existencialista francés Albert Camus consideraba que “no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”. Lo cierto a escala popular histórica es que acabar uno mismo con la vida propia ha tenido siempre mala prensa y dejaba una secuela por varias generaciones en la dinastía familiar del difunto. Solo los monstruos nihilistas, poetas, enamorados hasta los tuétanos y los sabios podían suicidarse con un halo de misterio, simpatía o aquiescencia tácita que no dañaba en exceso su reputación post mortem. La rareza cualitativa siempre otorgaba y avala hoy en día también un prestigio añadido a las personas diferentes.
En los últimos 50 años se ha registrado un aumento sostenido y espectacular de suicidios en todo el mundo de un 60 por ciento. En nuestra época actual, cada año de 800.000 personas a un millón toman la drástica decisión de quitarse la vida, alrededor de 11 personas por cada 100.000 habitantes. Para 2020 las proyecciones apuntan a que cada 20 segundos un nuevo suicida se sumará a la funesta estadística. Ahora mismo los segmentos de población con mayor incidencia o repercusión suicida son las personas por encima de los 70 años, los adolescentes y la juventud en general.
Por cada suicidio llevado a término fatal se producen además unas 20 tentativas fallidas, sobre todo de mujeres. Son más propensos al suicidio los hombres que las mujeres y el 75 por ciento de los casos acaecen en países pobres o en desarrollo, aunque siempre hay excepciones a la regla: la tasa de España (10 suicidios al día) representa el doble de la región sudamericana. Entre los adolescentes y jóvenes comprendidos entre 15 y 30 años de edad es la segunda causa de muerte en el mundo. Los países con mayores tasas verificadas de occisos por suicidio figuran Lituania, Guyana y las dos Coreas, mientras que las de menor incidencia se refieren al Norte de África, Arabia Saudí e Indonesia.
En el total acumulado de fallecimientos violentos registrados en el mundo, la mitad son suicidios, el 30 por ciento como consecuencia de homicidios y el resto óbitos debidos a guerras o atentados terroristas. Las principales causas que desencadenan un acto suicida vienen marcadas por padecimientos previos de depresión o psicosis, trastornos generales de la personalidad y dependencia patológica de drogas y alcohol. Los tres modos “favoritos” de quitarse la vida son el envenenamiento por plaguicidas (¿campesinado pobre?), ahorcamiento (¿tradición secular consuetudinaria o añeja costumbre cultural o religiosa?) y por armas de fuego (¿estética opulenta y moderna de mundo rico o imitaciones de usos y tendencias occidentales?).
No obstante, los motivos profundos y particulares de cada persona suicida siguen siendo todavía una incógnita a despejar por la ciencia. La crisis económica, la pobreza, la soledad y la marginación social pueden ser detonantes que lleven a la gente común desesperada y sin salidas inmediatas viables a adoptar respuestas contundentes contra uno mismo. Pero igualmente la banalidad consumista a ultranza, el vacío existencial de la riqueza, el maquinismo impersonal y el aislamiento cibernético podrían ser factores de riesgo que asimismo coadyuvaran a decantarse por decisiones sin vuelta atrás. Las sociedades del bienestar escandinavas fueron en el pasado, con Dinamarca como ejemplo paradigmático, campeones contradictorios en este triste escalafón de sintomatología suicida.
Las enfermedades mentales: reales e inventadas
Demos un vistazo a las enfermedades mentales. Las estimaciones de la ONU plantean un porvenir bastante sombrío: el 25 por ciento de los seres humanos padecerá alguna alteración mental a lo largo de su vida y los vaticinios para 2020 apuntan a que en ese año la depresión se convertirá en la primera causa de enfermedad en el mundo rico. Se considera, además, que dos de cada diez individuos en edad infantil y adolescente presentan trastornos o problemas mentales de diversa índole y gravedad neurológica o psiquiátrica. Hoy, un 40 por ciento de las enfermedades crónicas son de origen mental. Se supone que existen 350 millones de personas con depresión, 50 millones que conviven con la epilepsia y 35 millones afectadas de Alzheimer. El mundo dedica a atajar la enfermedad mental unos 2.350 millones de euros anualmente, cantidad insuficiente si contemplamos con objetividad la evolución al alza de la prevalencia de los distintos trastornos, síndromes, disfunciones o problemas mentales y neurológicos. Las cifras son apabullantes por sí mismas y asustan al más valiente. ¿Es eso lo que se pretende por la elite gobernante y las multinacionales farmacéuticas?
Continuemos con el análisis de las enfermedades mentales. En el seno de la UE casi 20 millones de habitantes de entre 18 y 65 años de edad serán visitados por una depresión al año. Los datos reflejan que el 20 por ciento del gasto sanitario de la UE se destina a tratamientos y rehabilitaciones de síndromes mentales, suponiendo la partida social y económica destinada a tales fines una cantidad combinada de 200.000 millones de euros al año. La mitad del absentismo laboral europeo es provocado directamente por trastornos neurológicos y mentales.
En España, uno de cada diez residentes entra dentro del cuadro oficial de “enfermo mental” y, más en concreto, un millón de niños, niñas y adolescentes. Ansiedad y depresión afectan directamente, si otorgamos crédito a asociaciones privadas de profesionales del sector de la salud mental, al 40 por ciento de la población española. Todos no estamos locos, pero la locura es el pan cotidiano de cada día: si tú no estás loco, yo sí, o viceversa, si nos atenemos a las estadísticas. A pesar de lo dicho, el dato más gráfico y elocuente de la enfermedad mental reside en que el 20 por ciento de los casos de mayor gravedad tienen un lugar común muy significativo: la soledad, la ausencia de una mano amiga que sostenga viva la llama de la armonía interna.
La voraz industria farmacéutica
¿Alguien gana con tanta locura privada y colectiva? Sí. Los números cantan. Como ya dejamos reflejado antes, las multinacionales farmacéuticas y su sector en general venden al año medicamentos por valor de más de un billón de dólares. Aunque las patentes expiren y los genéricos de menor precio jueguen en su contra, la industria ha abierto un hueco inmejorable en los denominados mercados emergentes de China (123.000 millones de euros de facturación), América Latina (54.000 millones), África (23.000 millones) e India (21.000 millones). Lo que se deja de ganar por un lado se compensa con creces por otros.
Y es que la industria farmacéutica jamás pierde. Es como la banca en los juegos de mesa (y en la realidad real, gracias a las ayudas públicas que recibe para enjugar sus delirios de grandeza, sus intensos placeres de ruleta de casino y sus creativos envites de ingeniería financiera).
¿De qué viven las multinacionales del sector farmacéutico? De las enfermedades: de las auténticas y de las inventadas ad hoc (véase Los inventores de enfermedades, de Jörg Blech). Y, por supuesto, deben asegurar su horizonte de provenir haciendo que la ingente e imberbe cantera de reserva (menores de edad) se vayan familiarizando a dosis pequeñas con el mundo de los adultos, transformándose a paso lento pero seguro en potenciales consumidores de productos para combatir los trastornos mentales y neurológicos de hoy y de mañana. Esto es, crear adicciones irresistibles e invisibles para atar ahora mismo los beneficios del futuro a medio y largo plazo.
El intento de dar entidad a enfermedades imaginarias viene de lejos y suele ir acompañado por pujantes y caras campañas de publicidad y marketing. Por solo mencionar disfunciones fantasma de las últimas décadas citemos solo algunas de ellas: la timidez o fobia social, los traumas emocionales vinculados a la alopecia, la burda tristeza, la gris melancolía, los trastornos orgásmicos de la mujer tras la menopausia, el trastorno eréctil durante la vejez… La casuística se mueve en un abanico versátil que va del humor blanco al desparpajo cínico.
En el apartado de adiestramiento precoz de nuevos nichos de consumidores las técnicas de mercadotecnia empleadas son muy variadas. Aunque existan reticencias éticas en algunos campos, administrar ansiolíticos o antidepresivos en formato jarabe de sabores afrutados o dulces son ideas queridas o pensadas por la industria para introducir reflejos y querencias adultas entre los menores de edad. No hace tanto tiempo saltó la noticia, recogida por diferentes medios de gran difusión aunque no a través de titulares de portada, de que Prozac podría estrenarse en las estanterías de las farmacias en su versión infantil como si de un helado o refresco de uso neutral y consumo diario se tratara. No se sabe si la tentativa se ha quedado en nada o se despertará de sopetón en tiempos más propicios.
Dicen los expertos independientes que la industria farmacéutica, velando por sus intereses egoístas, trabaja nuestra mente subliminalmente para apuntalar su multimillonario y pingüe negocio mundial de vendernos remedios a precios tasados a cambio de engancharnos de por vida a sus mágicos productos que nunca nos devuelven del todo nuestra salud inicial. El mundo actual nos impele a transformar compulsivamente problemas de andar por casa en sofisticados trastornos mentales. Ahí reside el quid de la cuestión, de nuestra dependencia y vulnerabilidad psicológica y del poder hipnótico cuasi divino del la industria farmacéutica.
En el mundo rico tenemos tanta fe en los medicamentos que no somos capaces de advertir que nuestro estilo de vida rápido y nervioso nos hace abusar de remedios químicos contraproducentes para nuestra quebradiza salud mental y física. Tras el infarto coronario y el cáncer, las enfermedades provocadas por la ingesta de medicamentos son la tercera causa de muerte en las sociedades occidentales de la opulencia.
La esquiva felicidad
Eppur si muove. Y, sin embargo, se mueve, como asegura la leyenda que masculló entre dientes Galileo al abjurar de sus ideas heliocéntricas para salvar su vida ante el peligro inminente de ser ejecutado con saña y alevosía por la santísima Inquisición. En efecto, la Tierra se movía y se mueve alrededor del Sol, de igual manera que en este mundo de locos reales e imaginarios y de 1.800 intentos de suicidio cada hora que transcurre, la felicidad es una aspiración que mueve a millones de personas en todas las latitudes y longitudes terrestres.
Si bien, ¿qué entendemos por felicidad entre culturas tan alejadas y dispares? La ONU mide la felicidad a través de las siguientes variables: renta per cápita, ayudas sociales, esperanza de vida, libertades individuales, generosidad y corrupción. Todo muy politizado y al gusto oficialista de EE.UU. y la UE. Su top ten de países más felices es: Dinamarca, Noruega, Suiza, Holanda, Suecia, Canadá, Finlandia, Austria, Islandia y Australia. Resultados dentro de la normalidad y lógica occidental. Y España, puesto 38.
Al principio dimos los datos del Índice del Planeta Feliz de New Economics Foundation (NEF). Nada que ver con los de la ONU. Los factores que sirven de medida a NEF son: la expectativa de vida, la percepción subjetiva de la felicidad y la huella ecológica, es decir, el impacto sobre el medio ambiente de nuestro montaraz y depredador estilo de vida. Recordemos, Costa Rica era el país más dichoso de esta clasificación, con Vietnam en segundo lugar. Ocho países latinoamericanos completaban el top ten Planeta Feliz. Israel aparece en el puesto 15, Noruega en el 29 y Suiza el 34, como primeros países del paradigma occidental de bienestar, democracia, libertad y riqueza individual. Da muchos motivos para pensar críticamente el virulento contraste entre ambos estudios.
De los datos expuestos se desprende que habitamos un mundo enfermo manifiestamente mejorable. Sin embargo, “este mundo imperfecto y real” rinde beneficios multimillonarios al poder establecido. Si nos quedamos en la superficie de la complejidad, a todos puede visitarnos un impulso ético o moral irrefrenable para solucionar de cuajo y de una vez “todos los problemas del mundo”.
La cuestión capital es política e ideológica: con moralina y buenas palabras nunca se podrá conseguir que las multinacionales y la elite dominante entreguen de buen talante sus “armas empresariales” y “sus herramientas culturales” de opresión financiera y explotación laboral. Un poco de ética está muy bien, pero una demasía de filantropismo solidario puede servir de instrumento donde se cobijen y reagrupen las conductas reaccionarias y cedan en su ímpetu transformador las verdaderas y audaces ideas de cambio social, radical y coherente con principios colectivos asumidos democráticamente.
Fuentes consultadas: ONU, OMS, Parlamento Europeo, Ministerio Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, Fundación Alicia Koplowitz, Discovery Salud, Thomson Reuters, IMS Health, The Economist, Deloitte, New Economics Foundation, IPSOS, ASEPP, elglobal.net, nogracias.eu y Los inventores de enfermedades, de Jörg Blech.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=196693&titular=suicidio-locura-y-felicidad-en-el-mundo-de-hoy-
viernes, 20 de marzo de 2015
sábado, 28 de febrero de 2015
La imaginación al poder
La Calle del Medio
A principio de los años 90 a veces nos ocurría que encontrábamos por la calle un hombre completamente loco que hablaba solo y luego resultaba que estaba cuerdo y hablaba a través de un teléfono móvil. Hoy, al contrario, nos hemos acostumbrado de tal modo a que todo el mundo tenga un celular y lo utilice en los espacios públicos -la calle, el restaurante, el autobús- que los locos y sus monólogos delirantes pasan completamente desapercibidos: se diría que están hablando por un teléfono móvil.
Hace poco, en el bar de una estación de tren, me llamó la atención un hombre de unos cuarenta años que, en la mesa vecina, mantenía una acalorada y trágica conversación a través del teléfono. Hablaba con su secretaria, que le daba muy malas noticias. Los bancos le habían negado una nueva línea de crédito, las empresas deudoras no pagaban, la auditoría había descubierto la doble contabilidad y, para colmo, su esposa lo había abandonado por un cliente rico. Nuestro hombre repetía en voz alta esta sucesión de catástrofes alternando la desesperación resignada -una mano en la frente calva, un suspiro- con repentinos cornetazos de resistencia colérica: agitaba un dedo agresivo y se golpeaba el pecho mientras gritaba órdenes a las que su secretaria, al otro lado, oponía una nueva desgracia que inhabilitaba toda respuesta. Al terminar la conversación, el hombre dejó el móvil, como un cangrejo muerto, sobre el tablero, se bebió de un trago el resto de la cerveza y se derrumbó.
Por razones que no hace al caso relatar -una combinación de retrasos y azares empáticos- acabamos sentados a la misma mesa. En resumen: nuestro hombre, que se llamaba Alfredo Expósito, no había mantenido ninguna conversación; no tenía secretaria y su móvil era de juguete. Alfredo estaba loco y se hacía pasar por un empresario ocupadísimo. Estaba tan solo y al mismo tiempo tan en este mundo que acudía con su móvil falso a los lugares públicos para que lo tomaran por lo que no era. Alfredo fingía ser un hombre de negocios, sí, pero lo más extraño es que fingía ser un hombre de negocios... fracasado. Podía haber citado cifras astronómicas de beneficios financieros, operaciones redondas y gloriosas, encuentros con magnates y estrellas de las pasarelas, pero no: iba a parques, bares y estaciones a escenificar en voz alta la ruina de su empresa y el desbaratamiento de su vida. Unas veces era el mercado de divisas y otras veces la fábrica textil, unas veces la malversación de un contable y otras la anticipación de un rival financiero, unas veces su mujer lo abandonada por un triunfador y otras se suicidaba tras perder la casa y el Alfa Romeo, pero lo que no cambiaba era el resultado: de manera invariable Alfredo mantenía por su celular de juguete la última conversación de un fracasado.
¿Por que Alfredo Expósito se hacía pasar por un empresario fracasado? ¿La locura no es más libre que la cordura? ¿No elige siempre ser Napoleón en lugar de uno de sus soldados? No. La locura describe también, y nos impone, el mundo real en el que vivimos. Sin amigos, sin familia, sin trabajo, con un solo traje heredado de su breve pasado de agente de seguros, Alfredo necesitaba integrarse, formar parte de una sociedad que lo rechazaba. Su locura tenía buen tino. De entre todos los tipos integrados, elegía el que la -digamos- “ideología dominante” aprecia y destaca más: el empresario que desde un despacho, a través de un teclado o de un teléfono, levanta millones como olas del mar; el hombre de negocios dinámico que con su varita dirige la orquesta de las riquezas del mundo. Si tenía que fingir “integración” nada mejor que hacerse pasar por directivo de una agencia de inversiones, de una consultoría o de una multinacional de la construcción.
Pero, ¿por qué -por qué- fracasado? Podría decirse que precisamente por afán integrador, pues ningún destino resulta más típico, más estándar, más verosímil en tiempos de crisis que el de un empresario fracasado -e incluso un empresario corrupto. Era un homenaje a los tiempos presentes y, a su modo, una denuncia de sus excesos. Pero había también una cuestión de carácter. Alfredo lo había intentado -me dijo; había intentado hablar con su falsa secretaria y recibir buenas noticias; había intentado fingir que compraba todas las acciones de Monsanto o de Indra, que se apoderaba en el último momento de las concesiones para explotar el gas de esquisto en Túnez y Rumanía, que Irina Shayk había dejado a Cristiano Ronaldo para irse a vivir con él a una isla del Pacífico. Pero no podía, no le salía. “No soy un fantasioso”, me dijo. Se había vuelto loco a la medida de sus posibilidades; era una locura modesta, “del pueblo”, compatible con su timidez y sus recursos. Era una locura de clase media derrotada.
Me acordé -mientras lo escuchaba- de un verso del inmenso poeta portugués Fernando Pessoa (que cito de memoria): “incluso los ejércitos de mi imaginación sufrían derrotas”. En todos los terrenos hay clases; están los fantasiosos y están los imaginativos. De niño a mí me ocurría algo parecido. Adoraba el atletismo y no era malo del todo, pero siempre llegaba segundo a la línea de meta. Cuando imaginaba de noche la siguiente carrera, me representaba a mi mismo en cabeza, comenzaba a sacar más y más ventaja a mis perseguidores, mi victoria era segura y a pocos metros de la llegada, cuando ya oía los aplausos, de pronto no podía evitar imaginar que tropezaba y me caía. Quizás es que no quería ganar y quizás perdía por eso. Lo cierto es que hay mucha gente que asume hasta tal punto su derrota o su subalternidad que, incluso en su imaginación, liga con la chica o el chico feos de la fiesta, juega al fútbol en segunda división o se queda en empleado de banca. En un mundo brutal de fantasías frustradas, de fantasiosos contrariados (arribistas, ambiciosillos, narcisistas e impostores, por no hablar de los tiranos y los financieros) esta imaginación pedestre que mide la realidad y sus hechuras atisba ya otro mundo posible con menos cadáveres en las cunetas. Pero en un mundo de cuerdos fantasiosos y violentos los imaginativos se vuelven locos. Y están solos, como Alfredo, contándoles a un juguete, y no a un amigo, que han fracasado en una carrera que en realidad no han emprendido y que no querrían disputar.
Si tenemos que definir la sociedad capitalista en términos humanos, diremos que es una sociedad compuesta de fantasiosos frustrados e imaginativos derrotados. Imaginativos del mundo, uníos. Puestos a imaginar, a veces imagino que encuentro de nuevo a Alfredo en la estación de la ciudad de un país decente y le está contando muy contento a un amigo tan imaginativo como él (y no a un juguete) que los imaginativos han fracasado: que de las fuentes no mana agua y miel sino agua para todos, que no se ha vencido a la muerte sino generalizado el acceso a la medicina, que los niños no son buenos pero van a la escuela, que los ciudadanos no son ni felices ni omnipotentes pero sí dueños de su destino. Y que la locura no ha desaparecido -ni tampoco la soledad- porque el amor, y el dolor, ganan siempre todas las carreras.
Hace poco, en el bar de una estación de tren, me llamó la atención un hombre de unos cuarenta años que, en la mesa vecina, mantenía una acalorada y trágica conversación a través del teléfono. Hablaba con su secretaria, que le daba muy malas noticias. Los bancos le habían negado una nueva línea de crédito, las empresas deudoras no pagaban, la auditoría había descubierto la doble contabilidad y, para colmo, su esposa lo había abandonado por un cliente rico. Nuestro hombre repetía en voz alta esta sucesión de catástrofes alternando la desesperación resignada -una mano en la frente calva, un suspiro- con repentinos cornetazos de resistencia colérica: agitaba un dedo agresivo y se golpeaba el pecho mientras gritaba órdenes a las que su secretaria, al otro lado, oponía una nueva desgracia que inhabilitaba toda respuesta. Al terminar la conversación, el hombre dejó el móvil, como un cangrejo muerto, sobre el tablero, se bebió de un trago el resto de la cerveza y se derrumbó.
Por razones que no hace al caso relatar -una combinación de retrasos y azares empáticos- acabamos sentados a la misma mesa. En resumen: nuestro hombre, que se llamaba Alfredo Expósito, no había mantenido ninguna conversación; no tenía secretaria y su móvil era de juguete. Alfredo estaba loco y se hacía pasar por un empresario ocupadísimo. Estaba tan solo y al mismo tiempo tan en este mundo que acudía con su móvil falso a los lugares públicos para que lo tomaran por lo que no era. Alfredo fingía ser un hombre de negocios, sí, pero lo más extraño es que fingía ser un hombre de negocios... fracasado. Podía haber citado cifras astronómicas de beneficios financieros, operaciones redondas y gloriosas, encuentros con magnates y estrellas de las pasarelas, pero no: iba a parques, bares y estaciones a escenificar en voz alta la ruina de su empresa y el desbaratamiento de su vida. Unas veces era el mercado de divisas y otras veces la fábrica textil, unas veces la malversación de un contable y otras la anticipación de un rival financiero, unas veces su mujer lo abandonada por un triunfador y otras se suicidaba tras perder la casa y el Alfa Romeo, pero lo que no cambiaba era el resultado: de manera invariable Alfredo mantenía por su celular de juguete la última conversación de un fracasado.
¿Por que Alfredo Expósito se hacía pasar por un empresario fracasado? ¿La locura no es más libre que la cordura? ¿No elige siempre ser Napoleón en lugar de uno de sus soldados? No. La locura describe también, y nos impone, el mundo real en el que vivimos. Sin amigos, sin familia, sin trabajo, con un solo traje heredado de su breve pasado de agente de seguros, Alfredo necesitaba integrarse, formar parte de una sociedad que lo rechazaba. Su locura tenía buen tino. De entre todos los tipos integrados, elegía el que la -digamos- “ideología dominante” aprecia y destaca más: el empresario que desde un despacho, a través de un teclado o de un teléfono, levanta millones como olas del mar; el hombre de negocios dinámico que con su varita dirige la orquesta de las riquezas del mundo. Si tenía que fingir “integración” nada mejor que hacerse pasar por directivo de una agencia de inversiones, de una consultoría o de una multinacional de la construcción.
Pero, ¿por qué -por qué- fracasado? Podría decirse que precisamente por afán integrador, pues ningún destino resulta más típico, más estándar, más verosímil en tiempos de crisis que el de un empresario fracasado -e incluso un empresario corrupto. Era un homenaje a los tiempos presentes y, a su modo, una denuncia de sus excesos. Pero había también una cuestión de carácter. Alfredo lo había intentado -me dijo; había intentado hablar con su falsa secretaria y recibir buenas noticias; había intentado fingir que compraba todas las acciones de Monsanto o de Indra, que se apoderaba en el último momento de las concesiones para explotar el gas de esquisto en Túnez y Rumanía, que Irina Shayk había dejado a Cristiano Ronaldo para irse a vivir con él a una isla del Pacífico. Pero no podía, no le salía. “No soy un fantasioso”, me dijo. Se había vuelto loco a la medida de sus posibilidades; era una locura modesta, “del pueblo”, compatible con su timidez y sus recursos. Era una locura de clase media derrotada.
Me acordé -mientras lo escuchaba- de un verso del inmenso poeta portugués Fernando Pessoa (que cito de memoria): “incluso los ejércitos de mi imaginación sufrían derrotas”. En todos los terrenos hay clases; están los fantasiosos y están los imaginativos. De niño a mí me ocurría algo parecido. Adoraba el atletismo y no era malo del todo, pero siempre llegaba segundo a la línea de meta. Cuando imaginaba de noche la siguiente carrera, me representaba a mi mismo en cabeza, comenzaba a sacar más y más ventaja a mis perseguidores, mi victoria era segura y a pocos metros de la llegada, cuando ya oía los aplausos, de pronto no podía evitar imaginar que tropezaba y me caía. Quizás es que no quería ganar y quizás perdía por eso. Lo cierto es que hay mucha gente que asume hasta tal punto su derrota o su subalternidad que, incluso en su imaginación, liga con la chica o el chico feos de la fiesta, juega al fútbol en segunda división o se queda en empleado de banca. En un mundo brutal de fantasías frustradas, de fantasiosos contrariados (arribistas, ambiciosillos, narcisistas e impostores, por no hablar de los tiranos y los financieros) esta imaginación pedestre que mide la realidad y sus hechuras atisba ya otro mundo posible con menos cadáveres en las cunetas. Pero en un mundo de cuerdos fantasiosos y violentos los imaginativos se vuelven locos. Y están solos, como Alfredo, contándoles a un juguete, y no a un amigo, que han fracasado en una carrera que en realidad no han emprendido y que no querrían disputar.
Si tenemos que definir la sociedad capitalista en términos humanos, diremos que es una sociedad compuesta de fantasiosos frustrados e imaginativos derrotados. Imaginativos del mundo, uníos. Puestos a imaginar, a veces imagino que encuentro de nuevo a Alfredo en la estación de la ciudad de un país decente y le está contando muy contento a un amigo tan imaginativo como él (y no a un juguete) que los imaginativos han fracasado: que de las fuentes no mana agua y miel sino agua para todos, que no se ha vencido a la muerte sino generalizado el acceso a la medicina, que los niños no son buenos pero van a la escuela, que los ciudadanos no son ni felices ni omnipotentes pero sí dueños de su destino. Y que la locura no ha desaparecido -ni tampoco la soledad- porque el amor, y el dolor, ganan siempre todas las carreras.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195897&titular=la-imaginaci%F3n-al-poder-
lunes, 16 de febrero de 2015
Y llegó La Izquierda al Parlamento !!!
"Hasta que un día ocurrió
o lo quiso la fortuna,
que en esta Fuenteovejuna
¡¡alguien dijera que no!!"
Lope de Vega
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